miércoles, 11 de enero de 2012

Texto Contraportada

En 1994, cuando vivía en Iquitos, me prometí ensayar una escritura disciplinada y constante, que produjo tres novelas cortas en pocos meses: El Periodista, que tiene varias ediciones, y El Amoroso y Las guerras secretas. Probé estilos distintos en cada una de ellas, pero la última me dio bastante trabajo y tuve que investigar mucho, por los temas indígena e histórico.

Se trata de una novela que por su estructura puede alargarse indefinidamente: un narrador que en cada capítulo reproduce los testimonios de sus entrevistados sobre su personaje femenino, Chidó Dapá, Mujer Grande, una bella y decidida matsés, profesora, organizadora: una mujer para admirar y querer.

No sé si volveré sobre este personaje femenino, pero sí sé que volveré sobre los universos indígenas, ya sea para contar las maravillas de su literatura oral, o para hacerlos partícipes de batallas contemporáneas por su supervivencia contra empresas madereras, petroleras, mineras o contra la ofensiva del mismo Estado por desaparecerlos.

Porque todas las luchas indígenas son para sobrevivir frente a su propio país.

Los matsés o mayorunas son gente extraordinaria. Conversar con ellos y admirar su sencillez es una lección de vida y de conducta. Ojalá algún día el Estado peruano reconozca el terrible error de haberlos bombardeado con napalm junto a los marines norteamericanos, en 1964, y de agredirlos hoy con el asalto de una petrolera, y se les repare y reconozca como peruanos con todos sus derechos.
Esta novela no trata de contar la Historia, pero sí una historia, la de Chidó Dapá, la bella matsés, la de ojos negros y profundos, y de su pueblo heroico.

Porque los pueblos indígenas son pueblos heroicos, y esta novela, una pálida historia con pretensiones literarias.

Ricardo Vírhuez Villafane

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